Si algo se ha prestado, mas que nada para cuentos, sueños, historias, películas y anécdotas, muchas y variadas, este es el lobo.
Este cuento hace referencia al que durante mi niñez, juventud y vejez, ha sido compañero de múltiples historias. Desde niño, se nos contaba historias, para que hiciéramos, las indicaciones que nos daban para hacer , lo que los mayores creían lo correcto, si no era así, vendría el lobo feroz y nos comería o nos llevaría con el. Nos contaban cuentos que a su vez yo he contado, como el de Caperucita Roja, el lobo y los tres cerditos, el lobo y los cabritillos, el hombre lobo, estas y otras tantas historias, que luego en nuestros sueños se convertían en pesadillas.
Esta historia re remonta a muchos años atrás, cuando yo tenia 6 años, ahora tengo 68. En un pueblo, de la Sierra de la Demanda, entre el limite de la provincia de Burgos, Logroño y Soria, Picos de Urbión, nacimiento de los ríos Duero, Najerilla y el Arlanza, donde las cuatro estaciones del año, están muy bien marcadas.
El invierno es muy duro, la primavera prolongación del invierno, muy buenos veranos y el otoño precioso, para mi es el periodo mas bonito y gratificante, Bosque cambiantes, setas, berreas, medias nieblas y un bello entorno de cuento que invita a escribir
Había una familia, la del tío Simón y la tía Canario con seis hijos e igual que la mía, de seis hermanos. Como vecinos que fuimos, guardo un grandísimo recuerdo de la alegría, calor y respeto que había en esa hogar, pero si me ha quedado grabado en mi al pasar los años, fue el padre, el tío Simón.
Un hombre, curtido por las inclemencias del tiempo, sereno con una bondad, y sonrisas que trasmitía a toda su familia y vecinos y que su mayor alegría de cada día al regreso de su trabajo y alrededor de la chimenea serrana, era que todos sus hijos se colocaran alrededor de él y subido a sus piernas, una vez que se sentaba cansado, al final de cada día.
El tío Simón, era pastor de un gran rebaño de ovejas churras y dueño, este era todo su mundo y suficiente. Un día, llegó como todas las tardes a la
anochecer, en su andar, se le veía algo pesado, el zurrón, donde todos los días se llevaba el almuerzo, comida y merienda, pues la cebada, trigo o centeno y la sal, para las ovejas parideras, lo llevaba un pequeño burro, con tantos años como el tío Simón.
Todos los niños, hijos de él y mis hermanos estábamos jugando en la plazoleta de las dos casas y al verle todos corrimos para ver si le había sobrado algo de comida del día, que se le llamaba pan de camino y que con mucho cariño guardaba para repartir entre sus hijos y alguna vez nos tocaba algo. Todos corrimos y al acercarnos, pudimos comprobar, que el zurrón se movía y aún la sorpresa fue mayor al poder oír, unos tímidos gruñidos, como de cachorros de perro. El tío Simón se agachó y abriendo el zurrón, lo que vimos, se nos volvieron los ojos como platos, había 5 lobeznos de unos días de nacimiento, todos nos mostramos muy contentos y mas cuando el tío Simón nos dejo jugar con ellos.
En aquella época, el lobo estaba considerado como alimaña y se premiaba económicamente por la administración, por decreto y permitida grandes batidas para la caza de alimañas, entre ellas los lobos.
Los dos días siguientes, los niños mayores, en un conacho donde se metió la camada de los 5 lobeznos, se pasaban puerta por puerta de los vecinos del pueblo, para ver lo que podían dar por haber librado al entorno de esa camada prometedora de posibles lobos adultos.
Un vecino, daba uno o dos huevos, otro un chorizo , otro una morcilla, otro un tarro de miel o mermelada de la temporada y los que menos , daban un real o dos, rara vez una peseta. Todos los niños mayores y pequeños en comitiva íbamos en procesión un día y el siguiente, pues lo que lográbamos sacar era para nosotros en un reparto equitativo, ya que el pago mayor , que el ayuntamiento tenía estipulado era para el tío Simón. Tengo que aclarar que la camada de lobeznos eran anunciado por el pregonero municipal en el barrio de arriba y el barrio del Cerro y por supuesto en la plaza, anunciando la Azaña. Al tercer día, era y por costumbre el eliminar dicha camada y la forma mas natural era la misma que se hacia con las camadas de cachorros de perros y de gatos, no deseados, tirarlos al rio Arlanza a su suerte, gracias a Dios hoy es impensable.
Pues bien, el tío Simón antes de ir a su rebaño de ovejas a la tenada del mote, al pasar un puente, vacío su zurrón de la carga que llevaba en él, lo que no se percato el tío Simón fue que yo madrugué igual que él y como la venida del nuevo día estaba entre dos luces, no pudo ver que yo iba detrás de él.
Yo era un niño y dentro de mi sentía que aquello no estaba bien, vi como fue tirando uno a uno al rio Arlanza, y una vez terminado siguió a su trabajo del día a día. Pude ver como los lobeznos, intentaban sobrevivir con la cabecita en alto, yo recorría la orilla tan deprisa como el agua del rio, pero tenía que pasar, matas , espinos y algún barranco y no llegaba, los perdí de vista.
Quedé desolado y tomé camino a casa y al pasar un puente de madera en mi camino, escuché chillidos, me fijé y en una pequeña isla de tierra, maleza y barro se habían quedado como tabla de salvación, tres de los cinco lobeznos, ¡salté de alegría! y me puse manos a la obra, puse palos y piedras hasta llegar donde ellos, sino antes caerme al rio dos veces, pero con mi tesón , los recuperé, estaban helados y tiritando, los metí debajo de mi jersey de lana y se recuperaron un poco, les acariciaba y me cogían del dedo y no hacían mas que chuparlo, me di cuenta que estaban en las ultimas, pues llevarían tres o mas días desde que se les cogió , sin comida alguna.¿ y que hago?
A casa no podía regresar pues sabia lo que les esperaba, yo tenía garantizada la paliza, por mi deterioro, como a si fue. A los tres lobezno, les coloqué una vez secados en un agujero que pude ver en unas rocas a la orilla del rio.
Por aquellos días, en la serrería donde trabajaba mi padre, había parido un perra mastina que con otros perros servían de guardería, yo siempre me he llevado muy bien con los animales, sobre todo los perros, no así con los gatos.
Corriendo me fui a la serrería que estaba de camino a casa y por donde el tío Simón pasaba todos los día. Por suerte la perra estaba allí, y los obrero habían empezado su trabajo en el aserradero, nosotros estábamos en periodo de vacaciones de Semana Santa, no les extrañó que la perra se viniera conmigo, claro está, cogí uno de los cachorros que ella tenía y nos fuimos juntos al rio donde tenía cobijados a los lobeznos, me fue muy fácil echar a la perra mastina y ponerle su cachorro a mamar, a continuación le puse un lobezno, que lo acepto, no antes de lamerle , luego el segundo y tercero, estos
se agarraron con tal ansia a las tetas de la perra que en mi corta edad sabia que estaban a salvo, esa estampa se me quedo grabada hasta el día de hoy.
Esta operación la hacía dos veces por día y si podía tres, claro esta que antes hacia las faenas que me encomendaban en mi casa, y siempre decía, voy al aserradero a llevar una sobras de comida a la mastina parida, no les llamaba la atención, pues en el trabajaba mi padre varios tíos y primos y sabían el bien que me llevaba con los perros y sobre todo con la mastina, que por cierto se llamaba, Alba.
Ya había puesto nombre a los lobeznos, uno Zarpas, otro Ciro y el tercero Rubí, por el brillo de sus ojos, me habían aceptado, tanto la mastina su cachorro y los lobeznos, estos día tras día les cambiaba su cuerpo.
Para mi era mi tesoro, mi secreto y lo mejor que me había pasado hasta entonces, no lo compartía con nadie. En el sexto día recogí a la mastina y su cachorro y anduve el camino de días atrás, cuando llegue me faltaba un lobezno, que disgusto, mire por todas parte por si había salido de la cueva, no hubo modo, di la ración a los otros dos y a mi pesar tuve que volver para que no me echaran en falta en el aserradero y casa, di mil vueltas a la cabeza.
Al día siguiente, la rutina de todos los día, sorpresa, me faltaba un segundo lobezno, no podía ser, mire los todos los lados y no lo veía, la mastina, contrario a otros días, estaba inquieta y desconfiada en algún momento se le erizo el pelo de lomo y oliendo llegamos a un pequeño promontorio a la orilla del rio, la mastina levanto la cabeza y empezó a ladrar, otra estampa que jamás he olvidado , cruzando el rio Arlanza y pendiendo de su boca y esta en alto llevaba uno de los lobeznos, me senté y del collar sujete con todas mis fuerzas a la mastina, la loba pasó a la otra orilla hasta perderla de vista, en un instante comprendí lo que el día anterior le había pasado al primer lobezno.
Esa noche no pude dormir, por una parte se me estaba llevando mi tesoro y secreto y mis esfuerzos, pero otra parte empecé a entender a la madre naturaleza, por supuesto volví al día siguiente, con Alba la mastina, pero sin ningún miedo ni reservas, llegué a la madriguera que yo les había proporcionado, miré y no había nada, a un esta algo caliente las pajas y hojas seca, su madre loba había hecho bien su trabajo, se había llevado lo que a ella y no a mi , le pertenecía.

