Esta historia que quiero contar es entre un hecho real y parte de una fábula.
Ya hace años, nací de un padre perro perdiguero llamado Diu y de una madre igualmente perdiguera, de Burgos, llamada Alba; por supuesto, con todos los papeles en regla, alto pedigrí, microchip, todas las vacunas… y todo lo necesario para poder demostrar de que alta cuna era mi sangre perdiguera.
Mi padre fue un gran perdiguero, gran campeón en todo tipo de pruebas y, por supuesto, un gran cazador tanto en caza menor como en caza mayor; como demostró en las cacerías que era invitado, pues según cuentan los viejos que quedan de más de 14 años atrás, como hubiera un mínimo rastro de sangre; él, mi padre, ladrando y rastreándolo, conseguía darle la vuelta y volverlo a meter a los puestos y, si en su persecución al final lo encontraba muerto o malherido, no dejaba de ladrar para orientar su situación y lugar.
Mi madre, igual que mi padre, tenía todos los papeles, vacunas , microchip… todo en regla, para poder hacer un buen matrimonio y tener una muy buena descendencia, como correspondía.
Mi padre, Diu, residía en tierras del Mio Cid y mi madre, Alba, residía en Lodosa (Navarra) que casualidad, castellano y navarra.
Mi madre, según cuentan, era especialista en cazar conejos, alguna liebre y pocas perdices, pues por aquellas tierras es lo que abunda, pues es tierra de buenas verduras y de muy buena gente.
Si embargo, mi padre fue un gran especialista de detectar, mostrar y cobrar bravas perdices, que en Castilla y sobre todo en Burgos, con sus páramos cerealistas, se crían abundantes y bravas perdices.
Pues bien, nacer, nací en Lodosa, tierra navarra, siendo uno de seis hermanos, todos nos criamos perfectamente, pues mi madre, fue, como se dice una gran perra.
Cuando tuvimos unos dos meses, el dueño de Diu, mi padre, como era costumbre, pues entre buenos amigos no se pagaba dinero alguno, ni por el cruce ni por cachorros; el dueño de padre tenia derecho a escoger el cachorro que le pareciera mejor y si eran más de cinco cachorros, en mi caso fuimos seis, tenía derecho a dos.
Según cuentan los pocos viejos que quedan, sólo me escogió a mí.
De viaje a casa de mi padre, al menos le pude conocer durante unos días, que en la granja Fuentesanza, donde vivía y pude ver, otros cachorros, hermanos de padre, que allí había y otros muchos igual que yo y otros grandísimos, que luego supe que eran mastines leoneses ¡̈guau”, qué perros!
A los pocos días de mi estancia en casa de mi padre, granja Fuentesanza, otra vez de viaje, dónde me llevarán me preguntaba.
Después de una hora de viaje, llegamos a un pueblo y a una casa, cuyo propietario, después mi nuevo y definitivo dueño, tenía una perra gran pointer, si mi pedigrí era de gran cuna, el de esa perra tenía que tener, además de todo lo mío, másteres, certámenes y todos los certificados de belleza; yo era un cachorrito, pero aquello era lo más bonito que había visto en mi corta edad.
Enseguida, me pegó varios lametazos, me olió de arriba a abajo y rápidamente me aceptó.
El lugar donde había aterrizado en este viaje, fue un pueblo de labradores, algún pastor, buenas bodegas y sobre todo una gran tierra con sus páramos cerealistas plagados de brava perdices, liebres y conejos, como meses después pude comprobar. Esa maravilla de pueblo no era otro que Torresandino, pegado a Roa y a la Orra, pueblos de buenas bodegas, de muy buen vino, Ribera de Duero.
Mi nuevo dueño, me educaría, me enseñaría todas las artes de la caza y las buenas maneras para estar orgulloso de mí, como perro y como perdiguero, como así fue pasando los años.
Él era, lo que se llama un buen castellano, castellano viejo, de los de antes, hombre recto, respetuoso, de muy buenas maneras, tanto en el trabajo y familia, y un excelente cazador como lo pude comprobar todos los años que con él pude cazar, saborear y gozar lo que un buen perro perdiguero pudo soñar.
Desde el primer día, me trataron como un cachorro, y meses y años después como un buen perro y compañero de Jesús, que así se llamaba mi amo. Él era un muy buen mecánico de tractores y cosechadoras y de coches, no había uno que se le resintiera; a parte, era como el resto del pueblo, labrador de las tierras heredaras y otras que fue haciéndose poco a poco.
Sus tres grandes pasiones eran su familia, pasar muy buenos ratos con los amigos y, los ratos que le quedaban libres, era salir con su pointer y conmigo a recorrer el campo. Como anteriormente he dicho mi dueño era un buen cazador; primero nos enseñaba a recorrer el campo, laceándome, de derechas a izquierdas y de izquierdas a derechas, hasta poder dar con nuestra nariz la caza que perseguíamos, sobre todo perdices. De la pointer, yo aprendí lo que ella aprendió de nuestro amo.
Jesús respetaba tanto el campo, que nunca le vi tirar a una sola pieza que no fuera a nuestra muestra, claro está que él estaba enamorado de su gran pointer y yo era uno de segunda, pero pasando los meses, pude ganar terreno y poco a poco me fui poniendo a su altura; hasta el punto, que años posteriores, muchos días solo salía YO a cazar con mi amo, pues fui cogiendo experiencia. Sí, mi andar era más lento que el de mi compañera pointer, pero mi marcaje y muestras a las perdices eran efectivas y firmes, y dejaba llegar a mi amo para que las pudiera tirar. Tengo que decir, que a toda caza que tuve delante de mí, mi amo siempre les dejaba la oportunidad de una salida, volar, correr y arriesgando a distancia al límite las tiraba, me enseñó a respetar y cobrar a su orden y traer con elegancia y sentado entregarle a la mano lo que nos habíamos ganado.
El campo tenía todo nuestro respeto, fuentes de agua, escondrijos, guarderías y en tiempo de mal campo y mala crianza, o se dejaba de cazar o se señalaban días expresos para no castigar la caza y así poder mantener aquel paraíso.
También me enseñaron y educaron, pues mi amo se animó a competir tanto en pruebas de belleza como de trabajo; cuánto le costó, pues mi amo, no era amigo de demostraciones para nadie, sabía muy bien, lo que él y su perdiguero eran capaces de hacer.
Yo me hice un buen tipo, no solo era bueno cazando, sino que me hice un perro atlético, moldeado, buenas formas y figura, un dandy.
Sí, mi amo me cuidó y me dio buen trato y yo me esmeré y le correspondí ganando varios concursos de belleza, siendo el primero y el mejor valorado. Y en el campo, tantas competiciones ganadas que perdí la cuenta.
Contaré en este relato, una jornada de campo que me marcaría para el resto de mi vida.
Salíamos una mañana, a primeros días de agosto, a campear mi amo y yo, para ver cómo estaba lo que faltaba de cosechar, la crianza de codornices y ver las que habían quedado en el campo; pues prácticamente la cosecha, salvo varios trigos, estaba recogida.
La temporada de la media veda comenzaría en doce días, el día de la Virgen de agosto, el quince; vimos varias polladas muy crecidas y abundantes, y otras que parecían de segunda puesta ya que había diferencia entre unas y otras.
Llevábamos un hora por los caminos, el día era hermoso, un cielo como solo lo hay en Castilla en agosto, corría un poco el aire, el aroma que se respiraba, no se muy bien explicarlo, mies seca y recién cortada, a romero, tomillo, lavanda, todo se mezclaba en mi fosas nasales y me costaba mucho poder marcar a mi amo; la siguiente pollada, bien de codorniz o de perdiz, éstas últimas tenían bandos abundantes, de doce y catorce pollos crecidos, algunos con vuelos cortos y otros no tanto; y alguna vez dos bandos juntos. Una de las veces que nos salieron uno de los bandos nuevos de perdiz, estaba yo tan emocionado que me despisté de mi amo y corrí tras ellos, unos volaron con su madre, otros se metieron en un trigo sin segar, pero dos corrieron por todo el camino, yo, como digo, me emocioné, corrí detrás hasta poder coger uno, mi boca es muy blanda y delicada y lo llevé a mi amo , pensando que había hecho una gran hazaña, ¡Dios mío!, ¡qué voces y qué regaño por haber asustado a los pobres pollos! mucho mi amo se enfado.
Me cogió el pollo que llevaba en la boca, claro está, parecía que a este pollo le habían dado un baño de espuma por las babas que yo le había proporcionado; claro, le dejé tan embardunado que mi amo decidió llevarlo a casa.
Era costumbre en las casas de los labradores y cazadores, tener un macho de perdiz que alegrara el porche de casa o del corral, otros tenían una calandria, macho de codorniz u otro pájaro del campo como los jilgueros, siete colores, es lo que en campos de Castilla había.
Igual que yo cuando era cachorro, el perdigón se hizo un machazo y me despertaba todas las mañanas con su potente canto de reclamo.
Nos hicimos muy, muy buenos amigos y mi amo igualmente, pues había días que el perdigón, ya macho de perdiz, que, por cierto, igual que a mí le puso nombre y éste fue Currito cuyo canto hacia meter otros machos y hembras del campo al corral de mi amo.
En tiempo de veda, más de un día, mi amo, yo y Currito salíamos al campo; y mientras arreglábamos algún bebedero, refugios o tomábamos un taco, a Currito se le colocaba en un alto, bien de piedras recogidas del campo o en una rama seca de alguna encina, y no pasaban más de diez minutos para que alrededor nuestro trajera varios machos y hembras. Por supuesto, mi amo no traía escopeta, primero por estar fuera de temporada y en veda y que en Castilla y León no se puede cazar con reclamo, como sí en otras comunidades, he oído; pero cierto es que nos deleitaba con sus cantos y yo podía hacer grandes muestras y posturas y mi amo a gozar y aprovechar a darme lecciones y correcciones en mi forma de cazar ¡qué jornadas!
Los vínculos y amistad que se fueron formando pasando los días con Currito no hacían más que crecer.
Estando en el patio de casa en horas de descanso y estando a solas, Currito y yo manteníamos grandes conversaciones, quiénes eran sus padres, cuántas veces salían airosos, de la nariz y engaño de perros y de esos dos ojos de las escopetas paralelas o superpuesta, de sus hermanos, hasta que yo lo enganché, cuántas veces me lo reprochaba…
Por lo contrario, yo le contaba de mis padres, como había llegado a la casa de nuestro amo, cual era mi pedigrí, de que buena cuna venía, lo bien que estaba en esta casa, lo bien que lo pasábamos los dos con las jornadas de campo con nuestro amo y los conciertos del día a día que desde el amanecer hasta el anochecer nos proporcionaba mi amigo Currito.
Por mi parte, bien empleado me tenía mi dueño fuera de temporada, entre concursos de fin de semana de belleza, concursos del club amigos del perro perdiguero de Burgos, San Humberto, y otras muchas actividades y competiciones, yo me estaba haciendo un gladiador, cuánto le tengo que agradecer a mi amo. Yo me esforzaba compensándole en lo anteriormente dicho, pero si en algo nos compenetrábamos a las mil maravillas, eran en tantas y tantas jornadas de caza, cuántas perdices no habré cobrado, liebres, conejos, algún zorro, palomas, tordos y todo lo que mi amo batía, una vez por mí mostrado. Pues como digo nunca tiraba a nada que yo no mostrara.
Al llegar a casa, Currito me preguntaba y preguntaba, y yo salía de la situación como podía, porque me preguntaba por sus padres, hermanos y si los había podido ver correr o volar. Yo le decía que vi varios y a veces bandos grandes y que suponía que, en ellos, los suyos, irían aunque por mis adentros sabía que varios de ellos, día tras día, entraban en el zurrón de mi amo, pero eso nunca se lo conté, pues pude notar que si el sábado o domingo salíamos a cazar, Currito al día siguiente dejaba de darnos los recitales a los que acostumbraba, como si intuyese, lo que en el campo pasaba
Yo, a Currito, lo tenía como un amigo y nunca lo vi como lo que yo veía en el campo, mi prisma era totalmente diferente y muy claro hacia él.
Yo me crie casi a la par que él y, el cariño que mi amo nos tenía a los dos era casi por igual, bueno un poco más a mí, o eso creo.
Así pasaron muchos de nuestros días, mi amo a sus trabajos, nosotros en el corral, cantando y soñando lo que en el fin de semana podía pasar.
Llegó el último domingo de febrero de esa temporada, hacia varias semanas que no salíamos al campo, pues mi amo y sus compañeros respetaban mucho el campo y a sus habitantes. El año no había sido malo de perdiz, bajo de liebre y algo más que otros
años de conejo, pero se dejó de cazar varios fines de semana para poder dejar suficientes parejas para que pudieran criar las próximas temporadas.
Llegó el invierno, éste muy duro, de muy pocas salidas y mucho corral, menos mal que Currito con sus cantos me recordaba siempre mis hazañas y estimulaba mis sueños y así los días me parecían más cortos.
Llegó la primavera, ésta fue la prolongación del invierno y hasta muy entrado marzo y primeros de abril no empezó a mejorar y verse los primeros rayos de sol con algo de fuerza. El campo estaba atrasado y la época del amor de las criaturas del campo igualmente venía atrasada.
Yo con mis recuerdos y sueños tenia un profundo dormir y siempre era Currito quien me despertaba, ese día me desperté más tarde al oír el tractor del vecino que mi amo llevaba a revisar a su taller, revisión rutinaria, parecido a cuando nos llevaban a nosotros al veterinario.
Esa mañana, Currito no cantó, guau, que extraño, lo busqué, lo olfateé, seguí un rastro, pero el olor de Currito se mezclaba alguno más, llegué hasta el río, que bajaba bastante crecido, allí lo perdí porque mi amo al regresar a casa nos echó en falta y comenzó a llamarme, di la vuelta y al llegar, mi amo hablaba solo. Currito, Currito, Currito dónde estás, se dirigía a mí y mirándome preguntaba ¿dónde estás? ¿sabes algo? ¿habéis discutido? ¿le has hecho algo, Thor? yo le contestaba guau, guau, guau ………… y con mi cabeza le indicaba por donde se podía haber ido.
Salimos al campo, por la mañana, a la tarde un día y otro también, hasta que se dio por vencido y sus labores le llamaban a ejecutar, pues el campo había que hacerlo. Los días siguientes no fueron buenos, ni para mí ni para mi amo, su mujer e hijas le decían “no te preocupes, esta primavera te podrás hacer con otro perdigón” y Jesús mi amo, les respondía que como Currito no lo volvería a encontrar.
Dimos tantas vueltas, desde corrales de Sanso al Aguachal, a tomar agua al manantial de la Quintanilla, donde yo de perdigón lo cogí, por la zona del convento, fuente Peral y los caserones, mira que pudimos sacar perdices, pues se estaban emparejando. Nada, Currito no daba señal de vida.
Mi amo le había puesto una especie de anilla y un lacito rojo, y ni por esas pudimos verle.
Pasó la sementera, el nacimiento de los trigos, cebadas, centenos, alfalfas, los campos de lavanda y todo lo demás. Llegó el verano y se recogió todo lo que había que recoger. Por fin la media veda, había habido mucha codorniz pues había criado muy bien. Al venir un verano fuerte y duro la mies estaba prácticamente cogida.
Los primeros días fuero buenos, perchas de doce a quince, mi amo se conformaba con las justas, pues a él lo que le daba gozo, eran mis muestras, seguimiento de los rastros y los buenos cobros. Se entretenía en que los lances fueran lo más perfectos posibles y a sabiendas que había más, antes del mediodía se volvía, a casa.
Uno de esos días, mientras mi amo bebía un poco de agua en Fuente Peral y se mojaba la cara, yo seguí un rastro que llegó a mi nariz entre los juncos de la fuente,
éste era de perdices, las quise dar un susto, las seguí hasta que echaron el vuelo, por lo menos eran veinte o más. Primero salieron los dos adultos y luego toda la recría, salieron raseros para volverse a esconder. Según mi olfato era de diez y según mi vista de cinco a seis, no más, pero sí alcancé a ver en la pata de uno de los dos adultos un zis zas rojo en el aire; centré todos los efluvios, los procesé, au, au au… es Currito, es Currito. Mi amo me llamó a voces pues no le gustaba que corriera a las perdices, pero fue tanta la alegría que sentí. Eran las once y ya no me centraba en nada, en mi cabeza solo un pensamiento es Currito es Currito.
La media veda se terminó no lo volví a verlo.
Pasaron los siguientes meses y sobre el 25 al 28 de octubre se abrió el resto de veda para cazar perdices, liebres, conejos, palomas, zorzales, etc, etc…
Yo estaba contento, muy contento, habían criado como hace años, el primer día a mi amo le puse cuatro perdices, dos liebres de las que sólo mató una, ya que no estaba permitido matar más, la respeté y la dejamos marchar; dos conejos y dos torcaces. Volvimos a refrescarnos a Fuente Peral, yo con la idea fija de poder ver a Currito, pero no hubo forma.
Llegaron los Santos, San Martín, la Inmaculada.
Dejamos unos días de descanso para no castigar en exceso ese gran coto. Lo retomamos el último domingo de diciembre. Un día frío, con las primeras heladas, pero soleado, al comenzar estábamos destemplados, pero al andar, correr, subir y bajar hace que el cuerpo entre enseguida en calor; mi amo sudando, pero yo no, pues los perros no sudamos, nos refrigeramos por la nariz, la boca y sobre todo la lengua, y por supuesto que no nos falte el agua, en el coto la había en abundancia.
Empezamos por la zona del convento, corrales de Sanso, los caserones, para terminar en el manantial Quintanilla.
Íbamos por los juncos del manantial, y de repente me quedé seco, estático, tenía delante de mí más de una perdiz, muestra perfecta, entra mi dueño, pues a mí no me dejaba entrar, y dando el primer paso salieron varias perdices. Tiró a una, la dio; tiró a una segunda igualmente la dio, pero se fue muy larga, me dejó la primera y él fue corriendo a por la segunda muy lejos y detrás de un ribazo. Al ir a cobrar la mía, me volví a quedar de muestra, esperando que llegara mi amo. Me
acerqué más y más cuando de repente, guau, guau Currito, Currito ¿cómo es posible que yo te muestre y el amo te mate? vendrá enseguida ¿qué hacemos? Currito contestó con su chuchiteo que no le importaría que así fuera porque desde el día que una elegante y risueña perdiz que pasó por delante del corral y le robó el corazón, se fue detrás de ella y os aseguro que he repoblado en compañía de mi perdiz y otras este gran coto.
“¿Te puedo pedir un favor?, Thor”. Dime. Déjame una temporada más pues tengo que poner firmes a varios machos y dar mis últimos genes a mi querida Esta nueva temporada lleva a nuestro amo a los caserones, sé que está lejos, pero hace un buen día allí hay dos machos, el uno tiene un mechón amarillo, siempre están juntos y nunca los he visto con hembra alguna, por eso no me ha merecido luchar con ellos, pero dan mal prestigio a este coto. Déjame una temporada más y os daré crías para la próxima temporada, yo seré viejo, mi vida plena y quiénes mejor que vosotros para darme el último adiós, pues otros me dejarán malherido o una rapaz o zorro maloliente me remate.
Thor, déjame una temporada más y lleva a nuestro amo a por esos pendejos, que no sé de dónde han venido.
Apeona todo lo que puedas con la cabeza gacha porque el amo llega, Charra, Charra Charra, gracias, gracias.
Thor, te estas quedando viejo, mira hasta donde me has hecho ir, qué paliza, no lo habías hecho nunca; yo bajé la cabeza entre las piernas, como de vergüenza y asumiendo la reprimenda.
Y ahora, ¿dónde vamos ahora? ¿a los caserones? yo contento por lo que Currito me había trasmitido; llegamos cansados y después de un respiro empecé a rastrear y olfatear con la nariz alta, no tardé en olfatear el perfume de esos dos dandies que me habían indicado. Comencé una guía larga, una postura a muestra firme indicando a mi amo que allí estaban, de recreo. Con la muestra como nunca, entró y los dos pimpollos salieron casi juntos, pum y pum, uno a tierra y el otro unos veinte metros más allá.
Me da la orden de cobrar el primero, se lo traigo y me pone a prueba al segundo por si le volvía a hacer lo que había pasado anteriormente en el orto lance. Pero esta vez no le fallé, le entregué la primera y a continuación fui a por la segunda, esta tenía el mechón amarillo. Mi amo me acarició con mucho cariño, qué finas y pulidas están estos dos machos, qué raro que estén los dos juntos, será por el frio, serán hermanos; bueno, a la percha y a casa.
A finales de esa temporada a finales de enero, en el último domingo, nosotros habíamos colgado la escopeta pero otros compañeros de mi amo apuraron hasta la última hora, día y mes de la temporada
Mi amo estaba con varios amigos que habían venido desde Burgos a pasar el día en la bodega, estaban asando chuletas de lechar en los sarmientos de las viñas, qué buenos me sabían esos huesos y la carne que en alguna quedaba. Me relamía mis hocicos una y otra vez. Estando en esas guisas, llegó Tomás, compañero de mi amo tanto en la caza como en el trabajo; bueno, dijo Tomás, se ha terminado la
temporada, no ha sido mala, dadme un trago pues me he dado una buena soba. Toma, dijo mi amo. Le dio el porrón, un trozo de pan y una chuleta. Bueno no más que tengo invitados en casa, dijo Tomás. Los de burgos preguntaron que tal se había dado el día. Bien, mejor que días anteriores, una liebre y dos conejos, Tomás siempre prefería caza de pelo que de pluma; él era de liebre y su perro también no creo que le pusiera perdices como yo a mi amo. Continuó Tomás; pasé por la Quintanilla a refrescarme y sin llegar a mostrar el perro, me ha salido este machazo de perdiz, tiene algo rojo colgando. Cuando lo vi se me cayó el trozo de chuleta que me había dado mi dueño, guau, guau era Currito, no había podido llegar a la siguiente temporada, había muerto con las botas puestas.
Mi amo que estaba distraído, asando las chuletas, al volver la cabeza y dar a Tomás una segunda chuleta, le cambió el semblante y se quedó paralizado. Lo reconoció nada más verlo, y yo, claro, pero él nada dijo, dio prioridad a sus amigos.
Bueno me voy a casa que me están esperando, dijo Tomás. Jesús, mi amo, le dijo, Tomás, yo alguna vez te he dado varias liebres para tus compromisos, te importaría darme esa perdiz pues tengo un compromiso y no he salido a cazar y no quedan más días; toma, se la dio Tomás a Jesús y se fue.
En toda la comida, sobremesa y atardecer hasta que se fueron los amigos de Burgos, nada se habló de Currito, era el secreto de mi amo y el mío.
Sé que mi amo lloraría a solas y no podría dormir. Al día siguiente o dos días después llevó a Currito a un taxidermista de la zona para disecarlo.
Hoy lo tiene en su comedor, como el mejor de los trofeos, con una placa que dice“Este es Currito, mi perdigón.”
Yo creo que desde ese día no ha vuelto a tener ninguno.
Yo igualmente lo he tenido en mi mente hasta mis últimos días.
Después de muchos años con mi buen amo, jornadas de caza, concursos de belleza, competiciones de campo y siendo un gladiador, perdiguero, perdiguero de Burgos curtido en mil batallas, la recompensa que me dio, en vez de la espada de madera; un buen artista del bronce, un tal Bruno Cuevas y por suscripción popular de los socios del Club de Amigos del Perdiguero de Burgos, he pasado a la inmortalidad en una majestuosa estatua en bronce negro que me tienen en un pedestal en la Plaza España de la ciudad de Burgos.
Puedo presumir y pensar en estos páramos del cielo, que igual que le bronce negro del Mio Cid, majestuoso que hay entre la Diputación y Teatro Principal, éste en sus ratos libres, cazaba con un buen perdiguero, por los páramos de Vivar del Cid.
Y a mi dueño agradecerle todo lo que por mí y Currito hizo. GUAU, GUAU, GUAU, GUAU…………………………….
Esta historia, realidad y fábula.
Esta dedicada a mi buen amigo Jesús Sanz y a su familia
A todos los amigos cazadores que en mi vida he podido disfrutar de ellos.
A todos los cazadores que forman ese colectivo, que sin ellos el campo, con su fauna y flora de nuestro maravilloso país, no sería posible.
A todos los perdigueros de Burgos y a sus propietarios
A todo ese colectivo de jóvenes que se esta iniciando, tanto en la caza como en el perro.
Y a todos los demás, que nos entienden y a los que no, para que vean la bondad y el buen hacer de este nuestro colectivo, que a parte de la economía y puestos de trabajo que aporta, el bien que hace a la naturaleza y el respeto que a ella se le tiene.
Y para todos vosotros, mis amigos Esta historia de Thor y Currito.
Agradecimientos:
A mis amigos, cazadores y perreros
A Jesús Sanz a quien dedico este cuento
A José Ignacio, a su hermano Julio y a Ángel.
A todos los amigos de Torresandino, que siempre me han tratado tan bien. A los amigos del Club del perro Perdiguero de Burgos.
A Santi Iturmendi, Víctor Alfer
A la Federación de Caza de Burgos y Castilla y León.
José Luis Garrido.
Antonio del Águila Armero.
Alfonso Abellá (Anticuario).
A la Real Sociedad Canina de España, como juez internacional.
Y a todo el colectivo que tiene que ver, con la caza, nuestro entorno, a los que aman y respetan la naturaleza y el amor y cuidado de nuestros leales compañeros, los perros.
Gracias a todos.
Carlos González Antón.



